"ESTAS HERIDAS NO PARECEN SANAR
ESTE DOLOR ES TAN REAL
HAY DEMASIADAS COSAS QUE EL TIEMPO NO PUEDE BORRAR" My inmortal, Evanescence.
http://www.letras4u.com/evanescence/my_immortal.htm
Richard y Darcy entraron en la habitación donde reposaba el cuerpo sin vida de Georgiana. Las criadas la habían cambiado bajo las órdenes de Elizabeth, ya que el marido no salía de su impresión inicial, no pudiendo tomar ninguna decisión.
Poca atención prestó al recién nacido su padre, que al verlo, vio reflejado en él la imagen de la madre, rompiendo a llorar en forma incontenible. A Darcy se lo podía ver compungido, pero sin perder el control en ningún momento, ni derramando lágrimas. Elizabeth temía lo que sería de él cuando asimilara al fin la noticia.
Pero cuando entraron al cuarto iluminado por velas y Richard se arrojó a llorar arrodillado junto al cuerpo de su mujer, Darcy se mantuvo inmutable, como si tuviera una máscara donde sólo se podía ver el dolor en los claros ojos. Se acercó donde su primo y lo obligó a pararse, y guiándolo como a un niño, lo llevó afuera donde su tío lo consoló.
Él se sentó junto a la cama y tomó la mano pequeña y delicada de su hermana. Estaba fría. Reprimió el deseo de llorar y tragó el nudo que se le formaba en la garganta.
No podía creer que el bebé que tuvo en brazos el día que su madre murió, ahora estaría reunida con sus padres. Tan joven, llena de vida y de esperanzas en el futuro. Se obligó a dejar de pensar así.
Una mano se apoyó en su hombro, no necesitaba mirar de quién era. Sabía que era su Lizzie, intentando darle fuerzas.
-William, lo siento muchísimo- le susurró besándolo en la cabeza.
-Gracias. ¿Estabas con ella cuando murió?- le preguntó con su voz un poco cortada por refrenar la emoción.
-Sí, me pidió que cuidara de ustedes dos y del bebé. Estaba tranquila y sólo lamentaba dejar a su familia.
-Hasta en su lecho de muerte ella pensando en los demás- reflexionó con una sonrisa triste y entonces, besó la mano que sostenía, para colocarla sobre el pecho de Georgiana.
Se levantó de su asiento y tomó a su esposa por los hombros. La miró a los ojos para hablarla.
-No creo que Richard esté en condiciones de tomar las decisiones sobre los arreglos que hay que hacer. Necesitaré que te ocupes de algunas cosas.
-Claro. Puedo ocuparme de lo que sea necesario. ¿Estás bien?- le preguntó preocupada por la entereza que se esforzaba por mantener su marido.
-Alguien tiene que hacerse cargo. Richard no puede y mi tío está demasiado viejo- respondió a medias, ya que en realidad, no respondía la pregunta.
Una señora mayor, el ama de llaves, se acercó a donde se encontraba el matrimonio Darcy y dijo en voz muy baja que el niño lloraba y que necesitaría una nodriza, como solicitando autorización para comenzar la búsqueda.
-Sra. Smith, iré yo. Puedo amamantarlo hasta que encuentren una mujer- así, Elizabeth, se convirtió en nodriza de su sobrino.
Darcy entró silenciosamente al cuarto donde dormían los niños. Besó a sus hijos y se sentó cerca de donde su mujer sostenía al pequeño John acunándolo dormido.
-Está dormido- le dijo Darcy.
-Lo sé. Pero quiero tenerlo un poco más, que sepa que hay gente que lo quiere y lo querrá siempre- respondió Elizabeth con lágrimas en los ojos. Él le tomó la mano con fuerza.
-¡Se le parece mucho!- exclamó intentando cambiar el tono triste.
Darcy asintió sin poder hablar y con la claridad del día que comenzaba muy lentamente a filtrarse, Elizabeth pudo ver la expresión de cansancio que tenía.
Se levantó y dejó el niño en la cuna que había pertenecido a Georgiana en su niñez. Lo arropó y acarició a sus hijos dormidos. Las lágrimas le brotaron sin poder contenerlas, en un llanto tranquilo, al pensar en lo afortunada que era ella de poder verlos crecer.
Elizabeth sentía que debía ser útil. No podía quedarse paralizada o doliente. Richard no colaboraba y Darcy…Darcy sufría en silencio mientras se mantenía firme como cabeza de la familia.
-Richard, ¿puedo pasar?- preguntó Elizabeth casi en susurros, abriendo apenas la puerta del estudio.
-Pasa- dijo la voz apenas audible de su primo.
Ella entró dubitativa, tenía que consultarle algunas cosas, pero era claro que Richard no estaba en las mejores condiciones. Se sentó frente a él y observó la botella medio vacía de whisky.
-Hay cosas que decidir que requieren de tu aprobación- le dijo Elizabeth sin rodeos.
-Decidan ustedes. Lo que Darcy y tú quieran, estará bien- respondió mirando el fondo de su vaso.
-He ordenado que la vistan con su traje de novia, ¿te parece bien?- preguntó y a Richard se le llenaron los ojos de lágrimas mientras asentía con la cabeza y su mente viajaba al día de su boda.
-Richard, ¿has visto a tu hijo?- le preguntó con angustia. Él desvió la mirada hacia el fuego prendido.
-Te necesita, eres su padre, lo único que tiene- Elizabeth lo presionó para ver si había alguna reacción en él.
-¡Lo sé! Siempre me tendrá, pero ahora, ahora no puedo…no puedo- respondió desmoronándose sobre el escritorio y rompiendo a llorar.
Elizabeth se levantó y caminó hacia él y lo abrazó.
-¡No sé qué haré sin ella! ¡No puedo creer que se haya ido, que me haya abandonado! Aún creo que sólo está dormida y que pronto escucharé el piano en la sala de música- lloró desperadamente.
-Shhh. Todo estará bien, la familia te ayudará Richard- lo consoló como pudo.
-Estuve la noche despierto…pensando…- murmuró como si hablara para él.
-Deberías intentar dormir. Tienes que estar fuerte, por tu hijo.
-Sí…mi hijo…pensé en ello toda la noche. Sin ella no tengo idea de criar un niño. Me he pasado la vida en el ejército, no sé nada de hijos- dijo angustiado.
-Aprenderás, tendrás gente que te ayude. ¿O acaso te imaginabas a mi esposo como el padre que es?- le preguntó esbozando una sonrisa.
-Pero él te tiene a ti…-le respondió con desolación en la voz.
-Y tú nos tendrás a nosotros cada vez que nos necesites.
-Lo sé, he pensado en eso todo el tiempo. Quiero que te lleves al bebé, lo criarás mejor que yo- le dijo con mirada suplicante.
-¡Richard, no estás pensando claramente!- le respondió incrédula ante sus palabras. Él la sujetó fuertemente de las muñecas.
-Ustedes serán sus padrinos y yo lo visitaría constamente. ¡Por favor, Elizabeth!- le suplicó.
-Richard, me avergüenzas. ¿Qué diría Georgiana, que murió pensando en su pequeño?- intentó hacerlo reflexionar.
-Georgiana quería todo para él, un ambiente lleno de amor, padres que sepan lo que necesita y, estoy seguro que ustedes podrán hacerlo mejor que un viejo coronel con el corazón destrozado.
-¿Estás seguro, Richard?- preguntó agobiada.
-Lo medité mucho, tenía mis dudas, pero luego te vi con él y me decidí.
-¿Me viste?
-Sí, fui a ver al bebé. Para tomar una decisión, esperaba una señal. Ahí estabas, acunándolo y Darcy a tu lado. De inmediato supe que estará bien con ustedes.
-¿Lo has hablado con Darcy?
-Sí, se lo he dicho hace un rato. Me respondió que él hará lo que tú creas correcto. Así que está en tus manos- le dijo mirándola fijamente.
-Si es lo que quieres, lo amaré y protegeré como si fuera un hijo mío- respondió con la voz quebrada.
-Eres una gran mujer, Elizabeth. Me alegra que mi primo haya vencido su orgullo y se casara contigo. No pudo haber elegido mejor- le dijo con una leve sonrisa y apretándole las manos con cariño.

Elizabeth se encerró en el jardín de invierno. Los grandes ventanales, hechos para dejar entrar la luz del sol, estaban empañados. Con el dorso de la mano, limpió el cristal y miró hacia afuera. El campo estaba cubierto de nieve, los árboles estaban teñidos de blanco.
Cerró los ojos por un minuto y respiró hondo. Necesitaba estar tranquila y sola por unos minutos, antes de hablar con su esposo.
Ya había dado su palabra. No volvería atrás por más que lo que estaba sospechando desde hacía unas semanas fuese cierto.
-Tienes un casa entera buscándote- Elizabeth se sobresaltó a escuchar la voz de Darcy que estaba a unos escasos metros de ella.
-Hay dos niños hambrientos reclamándote-le dijo tomándola de la mano.
-Lo siento, no me di cuenta de la hora- dijo mirando su pequeño reloj que colgaba prendido de su pecho.
-Tienes mucho en qué pensar- respondió Darcy – Imaginé que habrías buscado un lugar tranquilo y apartado.
Elizabeth se apoyó contra él mientras caminaban.
-Siempre sabes dónde buscarme- le dijo con un suspiro.
-La verdad, es que no fue mi primera opción.
-¿Cuál fue la primera?- le preguntó dilatando la conversación que sabría vendría después.
-La biblioteca. Me sorprendió no verte ahí y, con el día tan desapasible, sabía que no estarías en el jardín. La conclusión fue el jardín de invierno.
Elizabeth le sonrió por un breve momento. Después los siguió un largo silencio.
-Lizzie, mi amor, ¿lo has pensado bien?- le preguntó poco antes de llegar al destino. Ella no necesitaba que le explicara de qué hablaba.
-James no ha cumplido los siete meses todavía, todos entenderían si dijeras que no- le dijo con una pequeña sonrisa de ánimo.
- Hay mujeres que crían sin ayuda más cantidad de hijos. Le prometí a Georgie cuidar de los suyos y cumpliré mi palabra. - respondió con firmeza- ¿Está bien para ti?- preguntó.
-Es el pequeño de mi hermana. Lleva mi sangre- respondió en forma sencilla.
-Está decidido entonces- respondió Elizabeth y giró para entrar a la habitación de los niños. El brazo de su esposo la detuvo por la cintura y la hizo volverse.
-Gracias- le susurró al oído mientras la abrazaba fuertemente.
Elizabeth lo tomó de la cara y lo miró a los ojos.
-No tienes que agradecerme nada, te amo y prometo amar a John como si fuera de mi sangre también- le respondió con los ojos brillando de lágrimas y un dejo de angustia contenida.
La cena fue temprana y frugal. Nadie sentía apetito realmente. Prefirieron retirarse temprano a descansar. El día había sido intenso y desgastante. Darcy se había pasado el día escribiendo cartas informando el deceso de su hermana. Elizabeth ocupándose de algunos detalles de las exequias.
El abogado leyó la voluntad que había dejado Georgiana, donde expresaba el deseo de reposar en el cementerio de Pemberley, junto a sus padres. Esto hacía todo más doloroso para Darcy, quien veía revivir recuerdos que quería olvidar.
-Will, ven a descansar- le pidió Elizabeth desde la cama.
Darcy seguía escribiendo cartas bajo la luz de una vela en un pequeño escritorio del dormitorio de huéspedes en la casa que, por un corto período, había pertenecido a su hermana.
-Tengo que terminar algunas más- respondió cortante.
Elizabeth se levantó y, cubriéndose con una manta, se acercó abrazándolo por detrás.
-¡Estás helado!- respondió ella al tocarlo. Se quitó la manta y lo tapó con ella.
-Lizzie, ve a la cama, te enfermarás- le ordenó deteniendo la escritura.
-Iré a la cama cuando vengas conmigo- le respondió cruzándose de brazos.
-Ve a dormir, iré en un momento- dijo resoplando y frotándose las sienes.
-William, estás agotado, ¿cuántas horas hacen que no descansas?
-No lo sé. No las he contado- respondió refregándose los ojos claros que estaban enrojecidos por la falta de sueño y el cansancio de escribir innumerables notas.
Elizabeth, que seguía de pie junto a él, comenzó a sentir el frío y se frotó los brazos.
-¡Por favor, vete a la cama! ¡Estás buscando enfermarte!- Darcy levantó la voz irritado. El agotamiento y el dolor no le permitían tener más paciencia.
Su mujer lo miró sin demostrar ofensa, sólo vio compasión en su mirada. Ella se acercó y le acarició la mejilla, una pequeña barba le crecía descuidada.
-Te niegas a descansar porque sabes que, mientras tengas tu mente ocupada en otras cosas, no notarás su ausencia. Pero tarde o temprano deberás hacerlo y permitirte sentir dolor- le dijo con calma. Darcy apartó los ojos de los de ella para no mostrarle lo que sentía.
-No te quedes hasta muy tarde- dijo Lizzie y volvió a meterse a la cama.
Se abrigó bajo las mantas y se acostó dándole la espalda. En lugar de dormir, las preocupaciones la invadieron, se puso a pensar en Georgiana, en su esposo, que en lugar de manisfestar sus sentimientos, los guardaba, en la responsabilidad de criar a otro niño y nuevamente la asaltaron las sospechas . Estaba inmersa en esa telaraña de angustia cuando sintió a Darcy con ella.
-Lo siento- le susurró contra el pelo, abrazándola.
Ella se dio vuelta para quedar de frente a él. Apenas podía verlo con la claridad del fuego de la chimenea encendida.
-Te amo- le dijo, besándolo en la frente.
-Y yo te amo a ti- le respondió su marido.
-Will, algo que me enamoró de ti, fue ver la forma en que tratabas a tu hermana, con ella eras un hombre distinto al que me habías dejado ver hasta entonces- él volvió a desviar la mirada.
-¡Hey!- dijo para llamarle la atención, mientras le corría la cara para que la mirara nuevamente- No tienes que ocultarme lo que sientes, es natural que te duela y es lógico que lo manifiestes. Cuando estés listo para expresarlo, estaré a tu lado.
La mañana siguiente, el sol había salido, derritiendo la nevada del día anterior.
Una triste caravana se dirigió hacia Pemberley con el carruaje que transportaba a Georgiana, adornado con flores blancas y tirado por caballos negros. La familia iba en otros dos, en el parroquia los esperaban los Bingley y vecinos que la conocían desde pequeña. La ceremonia fue sencilla y emotiva. Al finalizar, caminaron detrás del ataúd hasta el viejo cementerio donde descansaban varias generaciones de la familia.
Fue depositado en la fosa y Richard fue el primero en arrojar una flor sobre él. Elizabeth sostenía de la mano a Darcy intentando transmitirle fuerzas, mientras que con la otra, sostenía a su pequeño William que poco entendía lo que sucedía.
La Srta. Brown, quien había sido la primera maestra de música de Georgiana, cantó Amazing Grace y las lágrimas cayeron sin esfuerzo de los ojos de Lizzie.
Después de las condolencias de los presentes, la familia volvió a la casa. Cuando al fin quedaron solos, Richard anunció sus planes de reintegrarse a la milicia.
-Siento que me morí con ella. Tal vez, si vuelvo a integrar el ejército y me envían lejos, pueda aprender a vivir nuevamente.
-Richard, son cosas difíciles de superar, necesitas tiempo. Todo está muy reciente- dijo Elizabeth tratando que meditara mejor su elección.
-Quedarme en casa no me ayudará, todo me recuerda a ella. Lo mejor sería que me envíen a la India. Ahí nada me recordará a Georgie.
-¿Tan lejos de tu hijo?- le reprochó Lizzie.
-Él estará bien con ustedes y no pienso olvidarme de John.
-No tiene la culpa de parecerse tanto a su madre- le contestó con enfado.
-No, no la tiene- respondió Richard con una sonrisa resignada.
Darcy, sentado en un rincón, no participaba de la discusión. Su mirada estaba vacía, distraído con sus pensamientos y los recuerdos de su hermana.
Pidió disculpas y se retiró de la sala con rumbo a su habitación. Allí lo encontró Elizabeth un rato después, totalmente abstraído en la contemplación de un pequeño retrato de Georgiana cuando tenía 13 años.
Lizzie se quedó en el lugar, a unos metros de él, lamentando haber interrumpido ese momento de privacidad.
Darcy levantó la vista para dejarle descubrir que sus ojos estaban cargados de lágrimas. Las primeras que se permitía derramar en memoria de su hermana. Elizabeth se sentó frente a él y le tomó las manos.
-Ya terminó todo, puedes llorar- le dijo y lo abrazó- Estoy contigo.
Entonces, después de dos días conteniendo el dolor que sentía, Darcy rompió a llorar como nunca antes lo había hecho.

Las semanas pasaron muy lentas. Los días parecían tan tristes y fríos como si también sintieran la ausencia de Georgiana.
Lizzie estaba siempre muy ocupada, con dos bebés y uno no mucho más grande. Pero tenía mucha ayuda, además de la niñera Johnson, Richard había enviado a la Srta. Patrick, la niñera que habían contratado para John.
Darcy estaba volviendo a sus actividades normales. Lentamente, intentaba retomar su vida de antes.
Hizo un breve viaje a Londres, donde recibió las visitas de los tíos Gardiner y de Caroline Bingley, ahora Lady Caroline Barry, ya que se había casado con un lord viudo que la duplicaba en edad y tenía 5 hijos, pero que compensaba las grandes diferencias con una gran fortuna.
Finalmente, regresó a Pemberley antes del tiempo estimado. Lo único que aplacaba el sufrimiento que sentía, era la presencia de sus hijos y de su esposa.
Al regresar, descubrió a Elizabeth en cama. El doctor la había visitado, recomendándole unos días de reposo.
-Estoy bien. Sólo es una pequeña gripe, ni siquiera me he resfriado o tenido fiebre- lo tranquilizó.
-Estás cansada, se te nota en el rostro- le dijo Darcy con inquietud.
-Si tuvieras que amamantar a dos bebés, tú también lo estarías- le dijo bromeando.
-El doctor le dijo a la Sra. Reynolds que deberá buscar una nodriza.
-¡Yo puedo darles!- rezongó incorporándose en la cama.
-Estoy de acuerdo con él y ya autoricé la búsqueda. No aceptaré negación ni berrinches- le respondió tajante- Tú salud es lo primero y el médico parece ser de la idea que te estás debilitando.
-¡Deberían coserle la boca a la Sra. Reynolds!- protestó con rabia.
-No te enojes con ella, yo le pedí que me dijera exactamente las palabras del doctor.
-Será la última vez que ella estará presente mientras me examina. La próxima visita haré que se quede Susan- sigo enojada con lo que le parecía una traición.
-Entonces hablaré con el mismo médico- le respondió Darcy tomándola en broma.
-¿Has visto a los niños?- le preguntó Elizabeth cambiando el tema.
-Sí, tanto James como John deben haber aumentando un kilo.
-¡Lo sé! – respondió orgullosa.
-Y creo que tú tienes dos kilos menos- le contestó Darcy- Cada vez estoy más de acuerdo con el doctor.
-¡Eso no es verdad! La Sra. Reynolds me ha estado obligando a comer por dos…- dijo y se interrumpió sola.
-Me alegra que hayas vuelto a casa- dijo Elizabeth acariciándole el rostro. Darcy se acercó y la besó dulcemente en los labios.
-¿Por qué lloras?- le preguntó al separarse y verla con los ojos llorosos.
-No es nada- respondió sacudiendo la cabeza- ¿No volverás a irte pronto?
-No iré a ninguna parte sin ustedes. Si tengo que volver a Londres, nos trasladaremos todos y no regresaremos hasta que se haya ido el invierno, ¿qué te parece?
-Me parece bien- contestó Elizabeth, escondiendo el rostro contra su cuello.
Cuando el doctor Gibson regresó para verla, le confirmó lo que ella sospechaba. Elizabeth le suplicó que no le diera las noticias a su esposo, que continuara con la historia de la gripe y que le diera tiempo para prepararlo.
Después de lo sucedido con Georgiana, ésta era una noticia que no sabía cómo sería recibida por Darcy.
Por más que el médico no se sentía a gusto mintiéndole a Darcy, hizo lo que se le pedía con la condición que para su próxima visita ya estuviera comunicado el diagnóstico.
Así que Elizabeth dejó pasar el tiempo angustiada, esperando que tal vez no estuviera acertado el dictamen.
Al llegar febrero, tuvieron una semana de temperatura agradable y bellos días de cielos despejados.
Elizabeth aprovechó para poder salir de la casa y realizar algunas de sus habituales caminatas que se habían visto interrumpidas por la severidad con la que estaba siendo cuidada.
Se alegró de saber que Darcy había vuelto a cabalgar. Era una actividad que él disfrutaba enormemente y que había dejado desde la muerte de Georgiana, como si gozar de alguna actividad fuera faltarle el respeto a su hermana.
Cerca de tomar el camino de regreso a casa, lo vio acercarse al trote.
-Hace un día estupendo, ¿verdad?- le comentó sin bajarse de la silla.
-Sí, es un día precioso- respondió Elizabeth, mientras se abrochaba torpemente la capa, antes que su esposo se diera cuenta y la volviera a confinar a la casa.
-Estás sonrojada, creo que te ha hecho bien la caminata-le dijo como un cumplido.
-Gracias, a ti también te hizo bien salir- le respondió viéndolo de tan buen humor.
-Aún te falta un buen trayecto de vuelta, ¿quieres que te lleve?- le preguntó estirándole el brazo para ayudarla a subir.
Elizabeth palideció por un momento mientras su respiración se agitaba e intentaba buscar una respuesta.
-¿No me digas que sigues temiéndoles?- le preguntó burlonamente al ver su evidente turbación.
-¡Eso!...sí, sabes que le temo a los caballos- respondió intentando no parecer aliviada.
Darcy saltó del caballo y se paró junto a ella.
-Vamos, estoy yo, creí que ya no temías cabalgar si es conmigo- le dijo actuando como si lo hubiera ofendido.
-No tengo miedo si voy contigo…pero…es mejor que no vaya- respondió Elizabeth.
-¿Ni siquiera si intento ir despacio y te llevo bien apretada?- le preguntó abrazándola en forma de demostración.
Elizabeth sintió que era el momento de decírselo, de sacarse esa angustia del pecho y que supiera la verdad que venía ocultándole.
-No creo que el médico apruebe que una mujer en mi condición esté cabalgando- le respondió ante la mirada atónita de Darcy.
-¿Estás hablando…de lo que creo?- preguntó tragando saliva.
-Estoy de dos meses. ¡Sé que es muy pronto para tener otro bebé, lo siento!- exclamó entre sollozos.
Darcy la atrajo hacia sí y la abrazó acariciándole la cabeza.
-Shhh, no llores. No lo sientas, no es culpa de nadie.
-¡Es culpa tuya que me atacaste en casa de mi hermana!- le respondió haciendo un berrinche en medio del llanto que ya desaparecía.
-¡Hey! Si mal no recuerdo, tú no te resististe demasiado- se excusó levantándole el rostro para mirarla mejor.
-Lo siento. No es el mejor momento- volvió a decirle ella.
-La vida nunca es como la planificamos, suele darnos sorpresas. Puede ser que no sea el mejor momento, ni que lo hayamos buscado, pero no por eso será menos deseado o querido- le respondió Darcy.
Elizabeth se colgó de su cuello y lo abrazó cargada de alivio.
-¿Con que una gripe? Voy a tener que hablar con Gibson- murmuró Darcy haciéndola reír.






















